El valor de la individualidad

Cada persona, aún los gemelos idénticos, tienen algo que los caracteriza con respecto a los demás. Esta es la individualidad. Somos seres únicos e irrepetibles. Cada ser humano es un individuo que se forma en la medida en que se desarrolla y, a su vez, como una esponja, va absorbiendo y asimilando diferentes forma de ser, pensar, sentir y, por ello, formas diferentes de ver las cosas y la vida.

Ahora bien, el término individuo hace alusión a algo que no se puede dividir. Es una unidad indivisible y no sólo desde el punto de vista material, sino también desde el ser mismo de la persona. Es por eso que, no se puede comparar a nadie con otro, porque cada uno-una, aún en iguales circunstancias, es un individuo, guarda características diferentes y formas de actuar y reaccionar muy distintas; por tanto, debe ser respetado en su individualidad.

Todo ser humano alcanza esta individualidad en la medida en que desarrolla su ser, es decir, su auténtico “yo”, aquello que le hace totalmente diferente a los demás. Desde el punto de vista cristiano, Dios nos ha creado únicos e indivisibles, de ahí que cada uno tenga la capacidad en sí mismo de desarrollarse plenamente. Por ello la frase:
“los creó a su imagen, a imagen suya los creó”, refiriéndose al ser humano, pues si Dios es único, también el ser humano, cada uno, es un ser único. Pero a la vez, hemos sido creados en íntima relación de unos con los otros, por lo que también necesitamos de los demás para lograr nuestro desarrollo, eso sí, sin perder cada uno nuestra individualidad, nuestra identidad, lo que nos caracteriza y nos diferencia. Siendo así, cada persona debe ser educada permitiéndole desarrollar su “yo” y no desde la uniformidad, que sería encasillar a todos dentro de los mismos parámetros establecidos. Pero este es un gran reto y también un desafío que las sociedades no han querido asumir, puesto que supone el riesgo del desarrollo de las personas, de la autonomía y esto ante los poderes que dominan la tierra es inconcebible. Tampoco los seres humanos han querido asumir esta responsabilidad porque involucra una gran responsabilidad consigo mismos y con los demás.

Lo anterior no quiere decir que no tengamos elementos que nos unan con los demás, desde luego que sí, pero cada ser humano desarrolla su personalidad desde las aptitudes y cualidades que tiene y que debe descubrir en su persona, y con las actitudes que desarrolla a partir de aquellas. Sólo en esta medida podrá ser una persona plena. Esto involucra la invención y creatividad, es decir, que cada ser humano tiene capacidades de poder desarrollar plenamente su vida a la par del resto de las personas, pero enriqueciendo, a su vez, la vida de cada uno y de todos, pues tiene la posibilidad de aportar su individualidad, y con ello, construir la vida.

Los referentes o modelos de vida trazan lineamientos en torno a una forma de vida, pero cada uno debe enriquecer su propia vida con su actuar libre y espontáneo, propio de su ser individuo. De ahí que, un elemento importante en el desarrollo de la individualidad de cada ser humano es el “conocerse a sí mismo”: ¿quién soy?, ¿cómo soy?, ¿qué quiero?.

Cada ser vivo tiene una finalidad, es decir, cualidades propias que le permiten desarrollar tales o cuales destrezas o capacidades y eso le hacen partícipe de lo que conocemos como una especie. Por eso agrupamos a los seres vivos en especies. Y el ser humano, al pertenecer a la especie humana como tal, posee, por su propia naturaleza, la capacidad de desarrollar su ser conscientemente. Es el único ser con esta capacidad. Esto involucra que cada persona se haga consciente de esta realidad, o sea, que se conozca a sí mismo, aquello de lo que es capaz. Un buen dicho popular reza: “nadie nace sabiendo”, todo lo aprendemos, pero no sólo lo aprendemos, sino que podemos utilizar nuestro conocimiento para crear, para inventar. He ahí entonces la gran tarea de cada persona, conocerse a sí mismo, saber de lo que es capaz, construir cada día, derribar, arrancar, edificar. Son cualidades que todo ser humano puede y debe realizar, pero sólo podrá hacerlo en la media en que logre conocerse. Esta capacidad es un elemento imprescindible de la individualidad y por ende, de la libertad. Sólo quien se conoce a sí mismo llegará a ser verdaderamente libre, pues será capaz de desarrollar un pensamiento independiente, sin ser manipulado, coaccionado o limitado. De esta manera estará desarrollando otra gran característica de Dios, ser “co-creador”, es decir, partícipe de la obra creadora, de generar vida.

Ahora bien, en todo esto cabe la posibilidad de una individualidad mal entendida que lleve al ser humano al individualismo, que sería una deformación de este valor. En este caso no se generaría vida, sino que se apuntaría a la destrucción, pues como señala el dicho: “divide y vencerás”. Quien vive en el individualismo se aisla, se separa, se marchita y se seca. Una rama no puede vivir si no es unida al árbol, un fruto no puede desarrollarse plenamente si no recibe la sabia del árbol que lo formó. Así, los seres humanos no pueden desarrollarse como islas, necesitan de un constante compartir acontecimientos, vivencias que van tejiendo su existencia comunitaria y personal a la vez.

La sociedad, junto a los grandes poderes que dominan la tierra, busca, por todos los medios, incentivar la vida en masas, en donde todos piensen igual. Los artefactos electrónicos son creados en modelos estándares, para uniformar a las personas en alguna medida. Son pocas las personas capaces de hacerse conscientes de esta realidad, mucho menos quienes ayudan a los demás a despertar de este letargo.

La verdadera libertad del ser humano inicia desde la individualidad de seres pensantes que ejercen tal capacidad al máximo, que no se dejan arrastrar por la corriente o por la propia rebeldía, sino más bien que, caminan contra corriente sin perder el rumbo. Son personas que rompen esquemas y estereotipos porque aportan conocimiento e ideas innovadoras. Estos son los creadores de una nueva humanidad. Ellos y ellas son individuos realmente libres.

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